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Todo comienza con un toqueteo tímido sobre mi hombro, cualquiera que sea, dependiendo de la posición en la que haya dormido y cual hombro se encuentra más expuesto, esto, acompañado de una vos de opera desafinada esbozando frases repetitivas: ¡Ricardo despiértate! ¡Ricardo despiértate! Tal como si fuera el despertador de los supersónicos, esto, hasta que sus palabras repetitivas y su molesto toqueteo en mi hombro son acompañados de un aliciente. ¡Ricardo despierta ya está el desayuno! ¡Ricardo despierta ya está el desayuno! Es ahí cuando mi cuerpo brinca como un resorte sobre la cama haciendo traquear el colchón, tomo una almohada y la pongo en mis piernas, mientras que al mismo tiempo me recuesto contra la pared, pongo el desayuno sobre la almohada y empiezo a comer, por lo general sándwich, suelen molestarme las palabras mientras como de manera que prefiero callar y evitar el ruido, para evitar cualquier comentario que pueda arruinar mi comunión con el primer bocado del día.

Después de comer me quedo viendo por la ventana al pie de mi cama, por el punto de fuga del mundo, donde la vista se pierde en el horizonte, además, espero que se me quite el empalme matutino, para no andar por la casa con una carpa de circo pobre en mi pantaloneta.
Mi mama, luego de llevar los platos a la cocina, se sienta en mi cama, mientras yo ejecuto mi ritual ella comienza a preguntarme acerca de como dormí, de si amanecí bien y de cómo me siento, por lo general mis respuestas siempre son bisílabas, me molesta encontrar mi vista en algún punto del horizonte, por lo que la respuesta a todas sus preguntas, para no tener que argumentar mucho, es, bien.

Luego, pasado el empalme y el aletargamiento, me dedico a hacer lo acostumbrado, un baño rápido con estropajo y jabón de avena, saco del bulto de ropa lo primero que encuentre que a mi gusto combine y me cepillo los dientes, después del rito de la limpieza, mi papa me pregunta -¿ya te vas?-, yo le asiento con la cabeza para evitar hablar y el procede a darme la plata para el día, luego, grito con retumbo por toda la casa mientras salgo ¡ya me voy! Y cruzo la puerta mientras escucho la despedida de mi papa, el adiós de mi tía y la oración de mi madre, quien antes de salir me obliga a decir Amen, cruzo la reja, no sin antes regalarle un beso a mi vieja.

Y comienza mi caminata diaria, un kilometro de arrabal, así que me enfilo en dirección de la avenida, caminando por los recovecos de mi barrio, mi mente hace las veces de distractor para hacer mas amena la distancia, mientras pienso, escucho las carretillas y el pregón de los caseros vendiendo sus abarrotes y especias, las conversaciones matutinas de los vecinos, el bullicio de los niños en las puertas del Miguel de Cervantes, un colegio que queda sobre mi trayecto y el radio de uno que otro “Diomedista” excéntrico que empiezan su día escuchando algo del “cacique”.

Terminado el trayecto, espero en una esquina, frente a una tienda, el paso de la buseta de Socorro, usualmente me distraigo viendo en la tienda alguna reunión de estudiantes, quienes por lo general, acompañan su conversación con algunas cervezas, o echándole un vistazo a las mujeres que cruzan la avenida, o contando las busetas que pasan. Cuando diviso en el horizonte la venida de la buseta, pongo mi mano en forma de pistola y muevo mi mano de arriba para abajo, la buseta frena y yo me monto, pago solo 1000 y me siento sin ver a nadie, solo concentrado en encontrar un lugar con asientos frescos, cuando lo encuentro, procedo a sentarme y olvido mi mundo, le doy rienda suelta a mi mente para que me distraiga en el trayecto.

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