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Y desde el cielo cayo una estrella que se escurría por la comisura de una grieta. El cielo estaba roto y la estrella se escabullía escapando a su soledad.


La estrella cayó ante mis ojos con una luz fulgurante que no quemaba mi piel ni encandecía mi mirada. El cuerpo celeste se sostenía sobre su aura sin tocar el suelo de los mortales. De su luz cálida y turbia surgió un boceto de un rostro sonriente que improviso un beso sobre mis labios, dejo sobre ellos un sabor a vino tinto que mancho mi carne e hiso retorcer mi lengua en su cueva obscura.


De pronto, la estrella hiso desaparecer el suburbio que nos rodeaba, y en cambio, dibujó un vidrio liquido que se movía al compas del viento, sobre él se hacían líneas luminosas reflejadas por los faroles y por el urbe opulento que se erguía al final del vidrio. Caímos sobre un muelle de madera húmeda que crujía, y dejamos que la noche arropara la incertidumbre de nuestros cuerpos.


La estrella juro, con su mirada fija sobre la mía, caer todas las noches para bendecirme con su cálida compañía, pero la luna cayo al final del vidrio tras la urbe de las opulencias y jamás abandono mi costado. Se quedo con mi vida entre sus brazos y mi vida al borde de un colapso.


Dedicatoria: Doriani Hidalgo Marrugo


Ricardo Contreras García

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