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- ¿Nada de trabajo?
- No.
- A Paul, el hijo se la señora Marta, el que terminó contigo… ya lo llamaron.
- Paul está contento, dice que cuando esté dentro de la empresa te ayudará.
- Dicen que fue gracias a su tesis que lo seleccionaron. Debió ser muy buena, ¿no?
- Lo fue.
- Dedicaste mucho tiempo a la tuya. Pensé que también sería buena.
- Lo fue.
- Pero ya ves que a Paul lo seleccionaron porque su tesis fue la mejor…
- Yo hice la tesis de Paul.
Comes el último bocado. Te levantas de la mesa. Vas a la cocina y lavas el plato. Entras a tu cuarto, te pones los converse y sales. Son las 2 de la tarde. No sabes claramente a dónde vas, pero tampoco tienes afán por saberlo. Recuerdas que Vanessa tiene un libro que habla sobre el significado de los sueños, quizás sea una buena idea descubrir qué significado tiene el tuyo.
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Ficción de ansiedad #1
El día en que se perdieron los teléfonos todos empezamos a preocuparnos. Antes se habían perdido los retratos, apenas habían quedado de ellos las veladoras en los altares estériles y las flores. Nadie le dio importancia, todos estaban eclipsados con el reportaje especial de 24 horas sobre la variación del peso de las monedas en la gravedad de marte, algunos hacían ya apuestas sobre la imposibilidad de contar el dinero en el nuevo paraíso mainstream. Los retratos se perdieron esa noche, al tiempo en que Nick salia en la tevé salvando las bolsas bursátiles con su permiso de prorratear el metro cuadrado del planeta rojo. Solo a Bábaro, el harapiento, le abochornaron terriblemente las desapariciones; cuando el horizonte engulló al sol empezó a rabiar con el amargo recuerdo de esa tarde, recordaba con horror que, husmeando como de costumbre por los amplios ventanales del vecindario, no encontró el horrible retrato de de la señora Margaret Stiercol, ni el molusco verrugoso del señor Persi Macster, ni el seño fruncido de los Andolini, en cambio encontró con indignación la cara atormentada de unos espanta pájaros sobre cada uno de los bufetes del barrio. El pobre Bábaro, indignado, se ahorcó esa misma noche pendiendo de la luna y a la mañana no hubo rocío. Los teléfonos desaparecieron 2 meses después y todos entraron en pánico, los primeros en asustarse fueron los anónimos incendiarios, de ahí nos cagamos todos.
Memento
Acaba de desplomarse el día por mi ventana. Su última lucecita despeñada, madura y rojiza, como duraznos sangrados, ha desaparecido a espaldas de aquellas casas apasteladas que colindan con el fin. Es mi recuerdo más remoto, todo lo demás se ha quedado en mi almohada.
No distingo esta de entre otras noches, no puedo y sin embargo me parece que se hace triste entre ese montón de nubes paralizadas, como parches en esos ojitos tuertos. Debo haber estado acá por mucho tiempo, durmiendo de pie frente a esta ventana. No lo recuerdo, lo intuyo así por el sabor pálido de la saliva pastosa y por el dolor terrible de mis talones. Veo marcas en la pared: tres garabatos esquizoides, entre esos un peculiar triangulo invertido, comido como por ratones en su costado; siete marcas feroces sobre el marco, una sobre otra, la ultima dice “173”; y, en un rinconsito custodiado por pedículos marchitos, el retrato de ella, como el de un fantasma, a quien he empezado a amar de solo verle. Entre toda esta miseria sonríe conmigo, con otro, de algo que le digo, de algo que le dijo otro. Sonríe y no se cansa. Y yo, que soy de risa fácil rompo en carcajadas hasta doblarme en el suelo. Siento que amo toda su eternidad, ese instante hecho a la medida. Siento que me ama, porque apenas yo puedo verme en sus ojos. Siento que me ama porque solo yo puedo verme en sus ojos. Siento que me ama porque solo estoy yo en sus ojos. Siento que me ama. Me ama. Se diluye a mordiscos la apertura, alguien está lleno de mi, la espiral se consume y muero… muero cada vez que olvido y olvido luego todas mis muertes.
Ahí la esperé siempre...
Mamá me dejó ahí, puestesito, con mis piecesitos colgando sobre el suelo. Dijo que ya volvía, que entraba no mas y salía. Se despidió con una sonrisa rota y entró a un despacho azul, con ventanales rugosos y separadores de madera barnizada. Entró ahí y no la volví a ver. Me dejó ahí, puestesito, solo, solo como siempre, solo como yo siempre, en un rinconsito de ese patio basto, ahí en un asiento empedrado al lado de esa virgen que no da seguridad de nada. Miré intermitente a un niño en la puerta del despacho, que jugaba muy tranquilo con sus juguetes descuartizados, jugaba al carcelero y estaba tranquilo, ahí en medio de la nada pero tranquilo enrejando parias. Yo esperaba a mamá, cuando volvió ya estaba frió, con mi cara pálida de soledad. Mamá no me dejaba coger del miedo, cuando me sentía tembloroso me arropaba con su blusa y me daba de su seno, ahí me escondí siempre, hasta que casi, casi se lo apostemo de tanto mamar. Ahí la esperé siempre a mamá, en el asiento empedrado, cuando pies no colgaban sobre el suelo, con el mismo frío, con la misma cara pálida de soledad, ahí bajo tu blusa mamá, extrañándote, en tu seno, ahí.
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Pero todo lo anterior es sólo una parte de lo que nos muestra la película. J.Edgar, un largometraje de Clint Eastwood, viaja a través de la vida personal y profesional de este personaje. Es una historia sorprendente y sólida sobre un hombre altamente controversial, liderando de forma brillante una de las instituciones más complejas de los Estados Unidos. Lo que pudo haber sido una biografía limitada a los datos objetivos, se convirtió, a mi modo de ver, en una pieza de excelentes condiciones que valiéndose del lado subjetivo de la vida de Hoover nos lleva a viajar por la profundidades del ser humano.
Leonardo DiCaprio, como el personaje principal, hace una majestuosa labor al lograr transmitir toda la complejidad que acompañaba a Hoover. Su relación con una madre que desde muy niño le indicó su destino y que ya siendo mayor, seguía teniendo una fuerza especial sobre la voluntad y la forma de entender el mundo de John Edgar. Una sexualidad llena de tabúes, no solo por la madre que sentenciaba preferir un hijo muerto que maricón, sino por su propia forma de entender el ejemplo que debían dar como agentes del FBI. Y sobre todo, por la lucha final que libra contra un enemigo imposible: el tiempo.
Otro de los elementos importantes de la historia es cómo juegan con el tiempo, viajando de una época a otra sin que se pierda el hilo de la misma. Van dándote pistas sobre de cómo construir la historia paralela del personaje, su romance y la constitución del FBI mismo. Una de las perlas del film está en la ficción dentro de otra ficción, ya que Hoover decide contar su versión de la historia sobre todo lo que lo ocurrido para que él llegara hasta el puesto de director del FBI y lo que ocurrió luego de eso, con el fin de sentar claridad acerca de quiénes eran los héroes y quiénes los villanos. Pero al final nos muestran, que los héroes pueden llegar a serlo sólo en su mente y que en el juego de relatar la percepción de la verdad, se puede entrar en terrenos claroscuros.
Naomi Watts (Helen Gandy) y Armie Hammer (Clyde Tolson) acompañan en toda la travesía de la historia a un J.Edgar que encerrado en sí mismo, se deja conocer únicamente por sus seres más cercanos. Watts es la secretaria leal a Hoover que pregunta poco y que con una actitud decidida se vuelve la guardiana de su archivo personal, el cual será el arma para enfrentar a cada nuevo gobierno, llegando a ser el tesoro más apetecido a la hora de su muerte. Hammer encarnará a quien fuese el colega más cercano de John Edgar, con quien además se rumoró tenía una relación. Y es que, no se podía trazar un esbozo de Hoover si entrar a conocer su lado más íntimo: el amor. Que al parecer, vivió celosamente en secreto con su fiel Clyde Tolson.
J.Edgar fue un hombre que tomó las decisiones que creyó más convenientes para defender a su país de los enemigos. Como una pieza del discurso de Maquiavelo, este hombre no tuvo reparo en hacer lo que pudiese por cumplir su deber y mantener el orden que luego temería perder. Entonces, ¿quién determina cuáles son los grandes hombres? ¿Cuándo las acciones no serán juzgadas por la moral? ¿En qué se parece un héroe a un villano? Quizás las repuesta a cada una de estas preguntas sea más sencilla de lo que suponen, pero su formulación nos lleva a pensar en esos personajes que asumiendo su posición como acertada llevaron a cabo una empresa con todo el éxito que otros desearían.
J. Egdar es, sin duda, un viaje a la memoria de un hombre abatido por el tiempo y sus propios laberintos. Lleno de miedos y de soledad. Es la invitación a adentrarse en un mar de emociones que poco a poco te harán ver que la verdad es cuestión de posturas. Que “los innovadores no son aceptados, no a la primera vez”. Y que “en ocasiones es necesario torcer un poco la ley, por el bien del país”*. Como un espejo de nuestras propias realidades o como un mosaico de personajes de nuestra clase política más selecta, pero sin la brillantez de la mente de Hoover. J.Edgar es un viaje a las profundidades del ser humano.
* Frases de la Película.
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Si usted, por si acaso, de forma milagrosa, se acuerda de mi, supongo que lo sera así por mi pasión desenfrenada, mi afición por las puertas endebles y por mi gusto en catarsis de putear a los verdes. Quizás se sorprenda en saber, mi estimado amigo, que ya no me gusta el fútbol. No como antes, no como ayer, no como cuando me aprendía de memoria la nómina de Israel, no como aquellas veces en las que rezaba, jugador por jugador, para que la Selección ganara sin complicaciones, no como cuando aquellos momentos de abstinencia sexual onanista tenían crucial importancia en los aconteceres de los partidos importantes.
El fútbol siempre me ha parecido - tengo que decirlo- un deporte, en esencia, de hombres aparentemente infelices, que sufren mil años por estrellas que en probabilidad no aparecerán jamás, cuyo amor por los pequeños detalles reconforta su infeliz vida de penas deportivas y tragos amargos. Esa idea es - confieso- la que ha alimentado mis pasiones y excesos de fuerza desde que por primera vez, en aquella cancha de San Fernando, vi fútbol para llorar. Y no es que sea "emo" o mas suicida de lo normal, la razón vital radica en aquella disposición de la vida de dejar sus versos hasta en el más pequeño de nuestros actos, en el más banal. En aquel susurro que parece dar a entender que la aguja en el pajar que es esa felicidad efímera en presente y ese asunto ilusorio que es a futuro, es precisamente un asunto de la vida en el fútbol. En aquella cuestión artística en la que el trazo, este en particular, fugaz en el lienzo pero eterno en la memoria, resulta ser un revulsivo para el alma de sus amantes; un trastocador de emociones en el que por sorpresa te puede tocar el llanto o la sonrisa. Esta obra, como todas, existe en tanto su público que la vive, la ame y la odie.
Nos han reducido el espectáculo a apenas la posición de amarlo por benévolo y descomprometido, al fútbol de estricto rigor, que vemos de lejos, ese que es fácil de definir en palabras técnicas, en adjetivos y emociones parcas. Hace unos años, recuerdo, FOX colocaba un micrófono especial en las tribunas populares, donde las plegarias santas de la platea ahogaban las voces caldeadas de los comentaristas cuando, de repente y sin aviso, acontecía un postazo que hacía temblar el alma colectiva del estadio, o cuando -Y lo comento con extrañeza porque esto ya no es permitido ahora- el balón se movía a lo ancho de la cancha en una seguidilla de toques sin mucho sentido cierto. Yo que veía el partido por tevé sentía la respiración agitada en mi nuca y el sudor ajeno, los “puteos” y aquella sensación de que, cuando todo terminara, podría ir a tomar del pelo a Galarcio y culparlo por el gol de un traicionero. Recuerdo también a William Vinasco Che cantando un gol entre el llanto, desde una cabina en quién sabe dónde. Nadie criticaba que se le entendiera poco, todos sentían la emoción del deporte en sus palabras atropelladas y sus quebrantos emocionales, que en cierta forma eran la representación de los nuestros. Ambos eran ejemplos del fútbol que no olvidaba su procedencia barrial, de emociones viscerales y desparpajadas; del fútbol que sabía que el estadio era una escala del potrero y los zapatos de cuero una metáfora de los primeros descalzos de barro; la levedad, entonces, era distinta, no se trataba de una habilidad física, sino de un atributo completamente artístico. Pero ahora, sin cuidado de aquello, nos damos a la tarea de colocarnos en posiciones políticas correctas para hablar de los comentaristas que se ponían el suéter y dedicaban sus gritos festivos a nuestro saco sentimental, como si esto fuera asunto propio de oficinistas; hablamos bien de los periodistas que, desalmados y fríos, preguntaban por táctica a los jugadores con sangre caliente en la cabeza y cuyo casete se repite una y mil veces, de la misma forma y en sentido contrario; le decimos grande a un jugador que se ha puesto y ha besado hasta los suéteres del servicio de alumbrado público de Luxemburgo; nadie sabia hablar de grandeza ni de mística sin antes tener que hablar del odioso poder del dinero.
La cuestión radica en que, el deporte rey, como le llaman al futbol, ha estado cambiando de formas poco convenientes: se ha empezado a pensar el fútbol de una forma minimalista para hacerlo encajar, a la fuerza pero sin ella, en la mediocridad de la pequeñísima cajita de colores que es la televisión. Desde entonces con el fútbol no se sufre, no se llora, no se palpita y andan todos giles con una sonrisita cacorra en la cara, como hinchas del mismo dream team, del mismo equipo de estrellas que lo gana todo y que, de no lograrlo, son siempre prescindibles y poco sensibles ante el fracaso. El futbol ha entrado en el juego de la televisión como divertimento. No pretendan ustedes llegar a casa, luego del trajín normal que supone un trabajo cualquiera (sobre todo en Suramérica), prender la tevé y sufrir con un equipito de esos que esperan inspirar el favor de los dioses para ver victorias encontradas con suerte entre cereales. No lo permita. No en televisión, donde el fútbol ha sido empaquetado. No si le dijeron que sufrir era antihumano.
Hace unos años veíamos a Maradona sobrepasar a Gordon Banks en un salto épico, que recordaba para los argentinos y para el mundo, aquellas tardes en las que la picardía en el campo era coronada con sonrisas y halagos. Esa fotografía del “Diego” con la mano en la pelota era, en cierta forma, la venganza por la violación territorial soberana en las Malvinas; aquella guerra entre tigre y burro amarrado por unas islitas de jurisdicción celeste, que si bien no fueron devueltas, tuvieron la suerte de ser lloradas con el jubilo de un gol histórico; la mano de un Dios. Algunos años después, quizás demasiados, tal vez desafortunados, Messi, el mesías del fútbol, hacía lo mismo con otro suéter y frente a un equipo de esos para olvidar. Todos los medios corrieron a comparar los hechos: Aquella pelusa que compensaba su pequeña forma con la mano, frente a aquel nomo que se avergonzaba de su pequeñez en el salto, ignorando siempre que aquella imitación era burda por cuanto carecía de valor artístico, pues desconocía el vigor histórico del momento y su significado emocional. Y así nos empacaron la magia del recuerdo en un presente mentiroso de poco significado, como en algún momento había sucedido con otras mil hazañas verdaderas, traídas a menos por la necesidad televisiva de llenar espacios vacíos a través de la reproductividad de lo irreproducible.
Y vaya si es irreproducible; lo es a tal punto que la estética futbolística latinoamericana nunca pudo ser representada fielmente en ningún juego de vídeo de este carácter. Fifa´s y PES´s, solo podían conformarse con traernos locutores mexicanos e incluir clubes de índole regional, para no desperdiciar el capital de compra de los lugareños. Era un problema ese de retratar las repentinas cortinas de humo en las tribunas populares, que siempre iban acompañadas de juegos pirotécnicos, también era problemático el asunto de los estadios imperfectos y su suciedad, así como la gesticulación y los detalles carnavalescos en las celebraciones de toda índole.
Todo era así, en esa medida, en esa proporción, hasta que la televisión, copiando modelos europeos que evitaban los sobrecostos, se limitó a hablar sobre sus recetarios; todos esos términos estúpidos por lejanos y anti lumpen que atiborraron la relación del publico con su espectáculo. Se hicieron campañas completas contra "el 10", aquella creación latina que ralentizaba el juego. La línea recta, la forma más rápida de llegar de un lugar a otro, se imponía en la arquitectura como en el llamado fútbol horizontal. El espectáculo dejo de ser el juego y su trámite; en su lugar se ponía el jugador icónico, sus confidencias y gustos banales y un juego que lo absorbía, como pieza de una maquina ordinaria. Pronto Latinoamérica se parecía a Europa en su forma de ver el deporte, en su razón reduccionista que pasaba con agilidad de resolver el problema de 40mil espectadores a solo resolver el de 22 jugadores y embutir en ellos los intereses de los demás. Así la estética no parece ser otra que la meramente formal, la del campo y sus objetos móviles; la pobreza táctica de los equipos que juegan con torpeza histórica, sus pases verticales y sus goles consecuentes, que ignoran por mucho el esfuerzo latino de “embellecer” sus estadios con tiras y papeles de colores. Así lo dice el menosprecio estatal a las iniciativas barristas y el apego por la noción inglesa frente a los hooligans. A estas altura ya no hay micrófonos fuera de cabina y se cantan goles por iguales. ¿Existe la ética sin estética?
Y de repente dejé de escuchar las historias sobre cábalas y maldiciones, sobre jugadores como Houseman que hacían goles de los que no se acordaban, sobre victorias memorables, sobre artimañas tras la victoria, sobre magia, sobre fútbol. Y tan pronto fue sucediendo, en mi el fútbol fue muriendo como muere el dato, en el olvido. Ahora solo veo a mi equipo jugar solitario en un campeonato "B" desértico, algo que a su juicio, el de ustedes, no será nada parecido al fútbol del Barcelona del mesías. Y me alegraría inmensamente que fuera así, pues habré de comentar con orgullo que esta pasión desbordada no cabe ni desmembrada en aquella cajita de tevé.
Contreras García
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Amparo regresó luego de tres años, a las 6.30 de la mañana. Una mañana luminosa. Se veía más hermosa que de costumbre. Su vida en ese lapso había cambiado completamente. Había logrado hacer una carrera como modelo, y empezaba a ser reconocida. Además, gracias a su nuevo esposo – porque se había casado por lo civil- empezaba a mostrarse en todas las pasarelas del país. Aquel hombre, Alberto, la quería de verdad. Pero ella, no había logrado quererlo. A pesar de todas las cosas, le resultaba imposible sentir algo por él.
El primer lugar que visitó, fue la casa de Diana pero el padre le dijo que se había mudado a un apartamento en el centro de la ciudad. Amparo con la dirección en mano, llegó hasta el lugar para enfrentarse con su amiga.
- ¿Amparo? – Preguntó Diana al verla del otro lado de la puerta.
- Perdón.
Se habían alejado más de lo que hubiesen imaginado en algún momento. Luego de esos largos tres años, estaban sentadas en el sofá de Diana hablando sobre sus vidas y lo que les esperaba para el futuro. Comentaron los pormenores que ocurrieron luego de que Amparo huyera con su amante. Diana le contó sobre aquel pretendiente al que no se atrevía a aceptar, pero que no le era indiferente. Además, sobre el grupo de rock que había alzado el vuelo sin ella. Se abrazaron para dejar atrás lo que había pasado. En ese momento Amparo supo, que debía hablar con Santiago.
Llegó a la casa de quien tiempo atrás fuese su novio, y la empleada le informó que el joven no quería recibir a nadie con ese nombre. Ella se sentó a esperar hasta que Santiago bajó. Él, al bajar, la miró como quien tiene ante sus ojos un recuerdo desastroso del pasado.
- ¡Santiago! – le dijo emocionada.
- Lo sé todo Amparo.
- ¿A qué te refieres?
- A los abortos, a las infidelidades, a todo Amparo.
Ella lo miró incrédula, pero reconoció en los ojos del hombre que tenía enfrente la seguridad de quien se ha armado de valor para enfrentar la realidad. La imagen de Amparo, para Santiago, se había venido al suelo poco a poco, con cada detalle que Lucas le contaba en las cartas y con las posteriores averiguaciones que el mismo hizo. La mujer que amaba, se le volvía un ser irreconocible.
- Tienes que escuchar ahora mi verdad. – le dijo Amparo.
Santiago la escuchó sin sentarse siquiera, ella le explico cada cosa sin justificarse. Reconoció cada uno de sus errores. Amparo salió de la casa con lágrimas, había esperado por ese momento y aunque creyó estar lista, sintió que desfallecía. Recordó como Santiago la despidió con un beso en la frente. Entonces resolvió caminar y hacer una llamada a su madre que estaba en Australia de vacaciones con su nuevo esposo. Santiago, luego de ver salir a Amparo de su casa, tomó las cartas que Lucas le había escrito y las quemó una por una.
Dos semanas antes de que ocurriera todo lo que ocurrió en el matrimonio de Amparo y Santiago, Rocío tuvo el arranque de valor que le permitió seguir viviendo. Rafael se fue contra ella, que sintió los golpes de su marido con asco. Era las nueve de la noche y Luis se despertó al escuchar los ruidos. Rocío intentó huir de los golpes y protegerse la cara, y escuchaba como su hijo lloraba. El corazón le latía como un tambor y por la cabeza sólo le pasaba la idea de la muerte. Tomó una botella y la reventó contra la cara de aquel hombre que la maltrataba. Este, quedó perplejo y no tuvo tiempo de ver cómo Rocío tomaba el resto de botella que quedaba y en un solo intentó le cortaba la cara dejándole una marca para toda su vida. El hombre salió de la casa sin mirar atrás. Rocío abrazó a su hijo y juntos lloraron. Desde ese día, decidió que Rafael había muerto para ella, que nada sería más importante que su hijo. Rafael sólo llamaba en navidad y en el cumpleaños de Luis.Sentía que Álvaro deseaba eso mucho antes, pero ya no estaba. Pero la consolaba saber, que Lucas lo sabría.
Amparo se sorprendió al llegar a la casa de Rocío y ver a Luis tan grande. Le dio un beso en la mejilla y le pidió que la condujera con su mamá. Rocío se alegró mucho al verla y la invitó a tomarse un jugo de sapote y hablaron por largo rato.
- Siento mucho lo de Lucas.
- Lo sé.
- Me hubiese gustado verte con Álvaro.
Rocío trató de ignorar el comentario, pero le dio vueltas en la cabeza por el resto del día. La única que vez que ella y Álvaro tuvieron un encuentro distinto, fue un domingo mientras dormían a Luis, cuando su amigo se acercó a preguntarle algo al oído y casi que inevitablemente se unieron en corto beso del que nunca se habló. Al despedirse de su amiga, Amparo tuvo un arranque de nostalgia y se le llenó la mente de recuerdos del colegio cuando eran seis y sus problemas se veían en una perspectiva diferente. Cuando eran seis y podían contra todos los demás.
Salió rumbo al cementerio. Ya era casi medio día y el sol parecía más brillante que nunca. Amparo, se percató de aquello pero no sintió ningún sobre salto. Visitó la tumba de Álvaro. Aún lo recordaba como un gran líder. Ese mismo que diseño un plan de gobierno impecable que cumplió a cabalidad durante su periodo de personero.
- Rocío te extraña más que cualquiera. – le dijo mientras le dejaba una rosa blanca.
Llegó a la tumba de Lucas y no supo que sintió exactamente. Siempre había tenido esos sentimientos encontrados. Veía en Lucas un rival poderoso, capaz de despertar en Santiago sentimientos que ella no podía. Los veía conversar y era evidente la empatía que existía entre ellos, pero sobre todos, era evidente lo que Lucas sentía. Sin embargo, lo quería como un gran amigo y lo admiraba por su capacidad oratorio y sus acertados consejos.
- Tú lo amabas tanto como yo. – empezó diciendo. – pero él me escogió a mí. ¿Y yo qué hice? Lo arruine. Pero es que, hasta el día de mi matrimonio tú tenías la ventaja. Siempre ocupaste un lugar especial en la vida de Santiago. ¡Debe extrañarte mucho! Y no te miento, yo también lloré tu muerte. A las personas como tú, es imposible no querer.
Amparo sabía que su esposo la encontraría fácilmente. Pero no imagino cuán rápido sería. Llegó al hotel y allí estaba, en su habitación. La esperaba furioso, con los ojos rojos y las palabras indebidas. Se levantó a penas sintió que ella llegaba. Con sus influencias había sido fácil que lo dejaran entrar a la habitación de su esposa.
- ¿qué haces aquí? – le preguntó ella.
- ¿Estás contenta? – le dijo mientras le volteaba la cara con una bofetada.
Amparo no tuvo tiempo para reaccionar. El hombre la tomó por el cuello y empezó a apretar sin medir su fuerza. Los ojos de ella, se fueron cristalizando mientras su cuerpo perdía fuerza. El hombre lloraba, pero no dejaba de apretar.
- Viniste por él, ¿cierto? ¡Eres una maldita! Te he dado todo. Y me has engañado con todo el que has querido. Desde el fotógrafo hasta el modelito de revista.
Amparo quedó allí con el rostro intacto, con su belleza igual que siempre, pero sin vida. El hombre al cumplir con su acometido, sacó un revólver de su maletín y se disparó en el pecho. Cayó en el acto al piso, mientras en el hotel se desataba una conmoción que motivo a que tumbaran la puerta de la habitación. Rocío, Diana y Santiago recibieron la notica una hora después de lo ocurrido cuando fue una noticia de última hora.
Ha pasado mucho tiempo desde ese día. Años, realmente. Mi madre, Rocío, tiene 94 años y como alguna vez le dijo la abuela de Álvaro, posee una memoria imborrable. Ella, poco a poco me fue contando cada uno de los detalles de esta historia. Fue mucho tiempo escuchándola, investigando, preguntando. Se me ha ido un buen tiempo en esto, pero he descubierto a mi madre una y otra vez suspirando por el pasado. Y eso la rejuvenecido un poco.
La novela de Lucas, se volvió todo un éxito. Hoy es leída por muchos estudiantes de esta ciudad, que reconocen en ella un gran trabajo de escritura. La novela cuenta la historia de la vida de un joven y todas sus vicisitudes para llegar a encontrar el amor. Todo ello, a través de los ojos enamorados de su amigo, quien al final como muestra de su profundo amor, decide irse para siempre a cambio de que el protagonista pueda estar con la mujer que ama. Lucas titulo la obra: “Vivir con Santiago”.
Por su parte Diana, se casó con aquel pretendiente del que le contó a Amparo. Ese fue el único matrimonio que tendrían en el grupo. Y lo celebraron por lo alto. Ese día, Diana y su padre hicieron las paces. Diana y su esposo tuvieron dos hijos, un niño y una niña, a los que llamaron Damián y Rosana. La carrera de Diana entró en proceso maravilloso en el que logró todo lo que se propuso. Además, dejó atrás la historia de la banda y se dedicó a cantar en un bar muy conocido del que su esposo se hizo socio para que ella fuera la estrella de la noche. Un día, las noticas información que Jessid, el baterista, había muerto de una sobre dosis de droga y el grupo desapareció. A sus sesenta años, un cáncer de mama le trunco la vida y se la llevó para siempre.
Santiago, mantuvó una carrera brillante como matemático y fue el entrenador de futbol más recordado de la universidad. Su tesis de grado, aún hoy es el punto de partida de muchas investigaciones. Nunca se casó. Tuvo muchas admiradoras y no faltaba el estudiante tímido que soñaba con el profesor. En un desliz de un viernes por la noche, tuvo una hija con una de sus alumnas. Pero jamás vivió con ella. Se rodeaba de la soledad de su casa, de sus lujos, sus viajes, sus amores fugaces, de su hija y de sus amigas Diana y Rocío que le invadían la casa con sus hijos. Cuando su hija tuvo quince años le dijo que estaba enmaromada de una amiga.
- El amor no avisa hija, simplemente llega.
- ¿No te importa papá?
- Sólo quiero que seas feliz.
Ese día, por primera vez, habló con su hija sobre Lucas y está quedó maravillada imaginando cómo hubiese sido conocerlo en persona y no a través de los ojos de su padre. Santiago le regaló la novela que nunca había querido leer, pero que había comprado en cada lugar dónde la descubría. Murió a los setenta años, de muerte natural. Quedó en su cama tranquilo, pues los años lo llevaron a pensar que había hecho bastante. Su hija para entonces, había formado una familia con la amiga de la que le habló años atrás, y el siempre las apoyó incondicionalmente. Murió en medio de la admiración de muchos y el amor de otros.
Loa abuelos de Álvaro, murieron una mañana de noviembre dos años después del regreso de Amparo. La casa se llenó de mariposa de colores. Y ellos quedaron en su cama abrazados. La abuela, había llamado a su hijo para que fuera a verlos, pero cuando llegó los encontró muertos. De la madre de Lucas, nunca se supo nada más. Y sobre la mamá de Amparo, luego del funeral, nunca más se volvió a saber nada. La madre de Álvaro solía visitarlo con frecuencia, pero dejó de hacerlo de un momento a otro. La madre de Diana, murió enamorada de un hombre que la hizo feliz sus últimos días cuando el corazón le falló. habian pasado tres años de la muerte de su esposo.Tal parece, que con el tiempo, las personas se olvidan al igual que las historias y los momentos.
Hoy mi madre se ha ido a acostar temprano, dice que ha llegado el momento de dormir como los otros. Los vio a morir a todos. Estuvo en el sepelio de todos. Pero ahora, sólo queda ella. Su memoria ha empezado a fallarle desde ayer. Y de una forma increíble, se ve mucho más joven. Se ha acostado con su traje blanco y el cabello recogido. Me ha llamado por tercera vez “Luisito” como si tuviera nueve años, cuando en realidad tengo 75. Sé que morirá y no puedo evitarlo.
Tiene a su lado, la foto que se tomaron el día del grado de bachilleres. A veces, dice verlos en los rincones y que le cuentan secretos. Afuera, la noche cae y las estrellas brillan insistentemente. Mi madre, toda su vida la dedicó a convertirme en la persona que soy hoy. No tuvo ningún otro romance. Su compromiso más fiel, era ir al cementerio a llevarle flores a Lucas y a conversar con Álvaro sobre cómo habían dejado pasar el tiempo en bobadas.
Mi esposa prepara café. Mis dos hijos ya vienen en camino, al igual que los hijos de Diana y Santiago. Soy periodista y suelo escribir cuando el insomnio me gana la pelea. Las palabras de Lucas en su novela, me inspiraron en ocasiones. Mi madre comenzó a contarme está historia con la lentitud de sus años, sacando de su memoria todo lo que había vivido. La veo allí, en su cama, dejandose llevar por la muerte y recuerdo como empezó a contarme todo. Empezó diciendo: “Aquella noche, antes de la graduación, cuando éramos aún seis, vimos al cielo… y allí estaban… las estrellas”.
1ra. Las Estrellas.
2da. Dulces Sueños.
3ra. Cicatrices.
4ta. Pan y Café.
5ta. La cabeza en el Hombro.
6ta. El Matrimonio.
7ma. Una Noche Oscura.
8va. Ráfaga.
9na. Estrellas y Luto.
10ma. Cartas para Santiago.













